Equipo técnico-artístico
- Federico Gutiérrez
- Alejandro Albornoz
- Víctor Carbajal
- Diego Ferrer
Experiencia inmersiva inspirada en el patrimonio paleontológico, histórico y cultural de La Rioja para transformar el recorrido de resonancia magnética pediátrica en una aventura capaz de reducir el miedo, acompañar emocionalmente a las infancias y convertir el espacio hospitalario en una herramienta de cuidado y aprendizaje.
La propuesta toma elementos profundamente ligados a la identidad y al orgullo riojano para transformarlos en un factor protector de la salud, construyendo una historia cercana, afectiva y fácilmente apropiable por niñas y niños.
Los estudios de resonancia magnética suelen generar miedo, ansiedad y altos niveles de estrés en niñas y niños debido a los ruidos, el aislamiento y la necesidad de permanecer inmóviles durante largos períodos de tiempo.
Para transformar esa experiencia, desarrollamos una intervención integral del espacio que convirtió el recorrido clínico en una aventura narrativa inmersiva. La propuesta ayudó a disminuir los niveles de angustia asociados al estudio, favoreciendo una mejor predisposición emocional frente a la práctica médica y contribuyendo, en determinados casos, a reducir la necesidad de sedación o anestesia.
Al mismo tiempo, la experiencia permitió acercar a las infancias al patrimonio cultural, histórico y paleontológico de La Rioja mediante una propuesta lúdica, educativa y emocionalmente significativa.
La narrativa tomó como inspiración dos grandes símbolos identitarios de La Rioja: los hallazgos paleontológicos de dinosaurios en Sanagasta y la histórica tradición riojana que identifica a la provincia como “Tierra de caudillos”.
A partir de esos universos —que habitaron el mismo territorio en tiempos muy diferentes— se construyó una historia gráfica donde una niña descubre un huevo de dinosaurio que, de manera inesperada, comienza a romperse hasta que una pequeña criatura sale de su interior. Desde ese momento, invita a las niñas y niños a acompañarla en una misión extraordinaria: ayudar al pequeño dinosaurio a regresar junto a su familia en un tiempo muy, muy lejano.
Cada espacio se transformaba entonces en una escena distinta de la aventura: el pasillo de ingreso introducía el descubrimiento paleontológico; la presala se transformaba en una “máquina del tiempo”, el artefacto necesario para hacer posible el viaje al pasado; y la sala de resonancia recreaba un encuentro fantástico entre dinosaurios, paisajes riojanos, personajes históricos como Ángel Vicente Peñaloza, Facundo Quiroga y Victoria Romero, y celebraciones culturales como La Chaya.
El resonador fue transformado en “Titanosaurus”, una enorme madre dinosaurio que abraza y protege un huevo, su cría. Así, cada niña o niño que ingresaba al estudio quedaba bajo el resguardo de esta presencia maternal y protectora, capaz de transformar un equipamiento médico potencialmente intimidante en una figura de contención, cuidado y ternura.