Equipo técnico-artístico
- Alejandro Albornoz, Federico Gutiérrez, Víctor Carbajal, Maximiliano Cosatti
Atravesar un proceso de salud implica enfrentarse a uno de los momentos de mayor vulnerabilidad en la vida de las personas. La incertidumbre, el miedo y la ansiedad acompañan a pacientes y familias durante todo el recorrido asistencial. En este contexto, cualquier dificultad para comprender el entorno, orientarse o interpretar la información agrega una carga innecesaria a quienes ya se encuentran sometidos a una intensa exigencia física, emocional y cognitiva.
En un hospital pediátrico como el Garrahan esa experiencia adquiere una dimensión aún mayor. La mayoría de las familias no llega para un control de rutina: llega derivada desde distintos puntos del país para afrontar enfermedades de alta complejidad. Si atravesar una enfermedad resulta difícil, hacerlo acompañando a un hijo, una hija o un nieto convierte cada decisión, cada espera y cada recorrido en un desafío profundamente movilizador.
Todo ello sucede dentro de uno de los hospitales pediátricos más grandes y complejos de América Latina. Con más de 130.000 m² construidos y miles de personas circulando diariamente, el desafío consistía en transformar un entorno de enorme complejidad en un espacio comprensible, donde la orientación redujera la incertidumbre y también formara parte del cuidado.
Desarrollamos un programa señalético integral pensado para hacer inteligible el hospital. En lugar de presentar toda la información simultáneamente, el sistema organiza la orientación como una secuencia progresiva de decisiones simples, permitiendo que cada persona reciba únicamente la información que necesita en el momento adecuado.
La arquitectura del hospital se organiza en seis grandes sectores identificados por un color. Esa estructura funcional se tradujo en un gran mural infográfico que actúa como distribuidor central, presentando de manera clara las distintas áreas de atención. Desde cada una de ellas nace una línea de color que conduce hacia el sector correspondiente. Una vez allí, la información vuelve a fragmentarse: las recepciones orientan hacia un pasillo identificado por una letra y, finalmente, hacia el consultorio o servicio señalado por un número. Así, el recorrido se construye paso a paso, disminuyendo la sobrecarga de información y favoreciendo una circulación intuitiva, autónoma y rápida.

Pero hacer inteligible el espacio no era suficiente. Los verdaderos destinatarios de la atención hospitalaria son las niñas y los niños. Desde esa perspectiva, el programa asumió que la comunicación visual debía dirigirse principalmente a ellos, reconociéndolos como sujetos de derecho y no únicamente como objeto de la acción médica. Asumió, además, el desafío de incluir a los más pequeños, que aún no habían aprendido a leer o transitaban sus primeros años de alfabetización, construyendo un sistema que no dependiera exclusivamente del lenguaje escrito.
Desarrollamos entonces un universo narrativo protagonizado por las ilustraciones de una niña y un niño, construidas con el lenguaje visual de la marca gráfica (logo) del Hospital. Estos personajes juegan a ser médicos, enfermeros, técnicos de laboratorio, administrativos y los demás integrantes de los equipos de salud, atendiendo a seis animales de peluche —uno por cada sector de color del hospital— que representan a los pacientes.

Ese juego se despliega a través de una colección de escenas ilustradas que identifican cada servicio mediante el humor, la metáfora y el absurdo, interpretando el hospital desde la lógica de la imaginación infantil. La señalización deja así de ser únicamente un conjunto de indicaciones para convertirse también en un relato que acompaña el recorrido: un sistema que orienta, pero también tranquiliza, invita a jugar y ayuda a que niñas, niños y familias se apropien del espacio con mayor confianza.